20.2.26

Pequeño cuento de mentira… o no

Cuando ví a este señor tranquilamente esperando el Metro, no sospeché de él. Nada. Me pareció de lo más normal todo. Una estación tranquila, poca gente, un horario temprano, una mañana de invierno anodino. Madrid.

Pero aquel hombre no hacía más que mirarme de reojo. Que por si no lo sabes bien, es una forma de mirar sin que se note, por el rabillo del ojo contrario.

—¿Le pongo? —me dije pensando, pero enseguida ví que el asunto iba por otra parte.

Nos separaban las vías, no era posible acercarse para provocar alguna acción. Así que jugué con él. En la distancia, claro. 

Me fuí hacia mi salida de estación, lentamente, y al llegar a un pasillo, me giré bruscamente en un momento en el que creía que él no me miraba…, y desaparecí.

O casi.

Me había puesto de hurtadillas en el canto del pasillo, para mirarle sin que él me pudiera ver. Y en breves instantes el hombre del chaquetón grueso…, actuó.

En unos segundos, casi en un plis plas, se encogió de hombros primero, y de cuerpo completo después…, y tras levantarse se metió por la puertecita gris de su costado, adaptado al medio.

Nadie se dió cuenta, nadie más que yo. Esa puerta era de verdad. Él no lo sé.

Dentro de cada ventana hay una historia


Sobre ventanas, más ventanas. Y dentro siempre, más vidas reservadas.

¿Cuántos relatos se podrían hacer con el contenido que se esconde detrás de las ventanas?

A veces no hay que inventarse nada, simplemente observar lo que sucede en la vida.

La literatura copia de la vida.

Y la vida copia de la literatura.

¿Quien fue antes? No sabemos quien se inspiró primero y de quien, pero sí sabemos que seguimos inspirándonos de la vida común, para contar historias comunes.