Se fue apagando ella sola, y es cierto que nadie hizo nada por evitarlo. Pero todo sucedió en silencio, a base de capas de pintura que intentaba disfrazar lo inevitable.
Y mientras los colores se caían al suelo, pues se negaban a permanecer por encima de lo que ya no servía para nada.
Hoy, abandonada del todo, ya nadie ni la pinta para disimular.
Y ella misma está incluso mejor, pues así no tiene que soportar malos olores.
Es la puerta abandonada, esa realidad que nos conjuramos no ver, para no reconocer nuestra incapacidad.
