Nosotros simplemente mirábamos su dirección.
Escuchábamos sus voces, sus gritos de aviso y creíamos que los siglos se había congelado encima de nosotros.
Es Gallocanta, ese Aragón ancestral, y era la naturaleza que nos avisaba de lo pequeños que éramos, por incapaces de volar.
Ellas ni nos miraban, se habían acostumbrado a los espectadores erguidos que quedaban sorprendidos por sus gritos y los repetían sin parar cuando nos miraban desde arriba.
Ellas ni nos miraban, se habían acostumbrado a los espectadores erguidos que quedaban sorprendidos por sus gritos y los repetían sin parar cuando nos miraban desde arriba.
Creo que jugaban con nosotros.
