21.1.26

La Fotografía como acta notarial de cada tiempo


La fotografía se ha convertido en uno de los principales testigos de nuestro tiempo
. Hoy todos llevamos una cámara en el bolsillo y, casi sin darnos cuenta, actuamos como notarios visuales. Registramos que algo ha ocurrido, cómo ha ocurrido y a quién afecta.

Sin embargo, ese “notario” ya no es neutro ni incuestionable, y ahí reside un matiz fundamental que la sociedad necesita comprender. Quienes publicamos imágenes somos responsables, como mínimo, de no manipular el momento que mostramos.

En el ámbito del periodismo, la fotografía funciona como testigo presencial dentro del relato informativo. 

No solo acompaña al texto, muestra lo que este cuenta y aporta una prueba sensible de que el hecho existió. 

La interpretación final dependerá del lector, especialmente cuando se mezclan la fotografía documental o periodística con la artística o con una mirada más personal.

En guerras, desastres naturales o protestas sociales, la imagen deja de ser ilustración para convertirse en evidencia. Muchos proyectos sobre atrocidades o crímenes de guerra utilizan secuencias fotográficas como si fueran un dossier judicial, construyendo verdad a partir de múltiples miradas y momentos. 

Así ocurrió con las imágenes de los campos de concentración nazis, con la violencia en los Balcanes y, más recientemente, con los conflictos en Gaza.

Por eso se habla de la fotografía como un “testigo mudo; no habla, pero lo que muestra difícilmente puede negarse sin más. En una sociedad saturada de relatos, ya no basta con creer lo que se cuenta; necesitamos verlo, y verlo a través de alguien con credibilidad.

La fotografía transforma lo que podría quedarse en opinión, en algo que se aproxima mucho a una prueba.

Los fotógrafos de prensa ya no son simples “cazadores de imágenes espectaculares”. Hoy se los entiende como parte de una red de testigos de confianza que documentan, interpretan y contextualizan lo que ocurre. 

Asumen múltiples roles: registrador, observador, narrador, testigo, incluso intérprete en quien confiar, siempre obligados a manejar la tensión entre la objetividad del instante y la responsabilidad moral.

En este sentido, la fotografía periodística es una pieza central del discurso cívico, porque permite a la ciudadanía ver y comprender aquello que el poder preferiría mantener invisible: corrupción, violencia policial, guerras, desigualdades y problemas sociales de todo tipo.

No se trata solo de una cuestión estética o artística, sino de responsabilidad democrática del fotógrafo, un papel que, en muchos casos, también podemos asumir como ciudadanos.

Las imágenes influyen de manera decisiva en la percepción de personajes públicos y temas políticos, a menudo más que el texto aislado. Los encuadres, los gestos y los contextos visuales pueden reforzar o cuestionar narrativas completas. En un entorno saturado de información, la imagen funciona como un atajo cognitivo, lo que se ve se incorpora más rápido y se olvida más despacio que lo leído.

La era digital ha traído consigo el retoque fácil, las imágenes generadas por inteligencia artificial y las llamadas fake photos. Esto podría llevar a pensar que “ya no se puede creer en nada”, pero la respuesta no es renunciar a la fotografía, sino exigir rigor. 

En la fotografía periodística, lo que se muestra no debe manipularse nunca. El encuadre, el color o el ambiente ya implican decisiones; si existe manipulación posterior, debe indicarse de forma clara.

Los estudios demuestran que, por defecto, la ciudadanía sigue otorgando credibilidad a las imágenes y solo cambia de opinión cuando se le señala explícitamente que han sido manipuladas. 

De ahí la importancia de no engañar nunca, haciendo pasar por reales imágenes alteradas, salvo en el ámbito claramente declarado de la fotografía artística.

Que una fotografía pueda manipularse no le resta valor como prueba; obliga a reforzar los mecanismos de verificación. Igual que en un juicio los testigos pueden mentir, pero no por ello se prescinde de ellos, sino que se contrastan sus declaraciones.

El fotógrafo es, en esencia, un testigo con deberes éticos. No solo toma fotografías, también decide qué mostrar, desde dónde y en qué momento. Sus imágenes pueden legitimar o denunciar, humanizar o deshumanizar.

En tiempos de deepfakes y manipulación visual, la sociedad necesita alfabetización visual, aprender a preguntarse quién ha tomado una fotografía, cuándo, dónde, si puede estar manipulada y si procede de una fuente verificable. 

Solo así la imagen seguirá cumpliendo su función como testigo del mundo que habitamos.