Podríamos pasearnos por Bilbao, por el edificio de la Alhóndiga, y soñar. Imaginar más bien. Podríamos creer que estamos en otro siglo, que todo se ha ido transformando poco a poco, y que las luces son ya otras.
Podríamos imaginarnos el futuro, pero con más habilidad podríamos hacerlo sobre el pasado. La función de este edificio con más de un siglo de historia fue la de crear una asociación gremial de vinateros para gestionar los arbitrios —impuestos indirectos sobre el vino—. Desde la torre de arbitrios se controlaban las entradas y salidas de vino, asegurando que cada vinatero pagara los impuestos correspondientes.
Si aquellos comerciantes se imaginaran que ahora vamos a ver exposiciones o a escuchar conciertos, a disfrutar de su Arte o a leer libros, alucinarían.
No sabemos qué harán en el 2150 los bilbaínos que paseen por su interior, ni qué usos se le estarán haciendo a sus espacios, a su piscina si sigue existiendo o a sus sótanos. ¿Nos lo imaginamos?
¿Qué pensaría Salvador Dalí, si observara que en ese hipotético 2150, hay algunos iconos suyos tirados por el suelo, a modo de construcción artística?
