Por si no habéis leído todavía a Baltasar Gracián, os lo recomiendo. Es incluso ameno.
Habla de silencios, de la importancia de la palabra callada y no dicha.
No es lo mismo pensar que hablar y decir lo que pensamos.
Habla de silencios, de la importancia de la palabra callada y no dicha.
No es lo mismo pensar que hablar y decir lo que pensamos.
Puede ser casualidad natural. Algo aleatorio que tenga que ver con que se parte de un punto en altura, pero se saben distribuir muy bien.
Las diminutas piezas sin forma definida saben amontonarse en círculo para estar apoyados los unos con los otros.
Quedan fuera, los disidentes.
Si lo manipulable se deja enmarcar, cambia el punto de vista. Ya no parece tan asqueroso, solo la mitad de asqueroso. Hemos logrado engañar esa otra mitad. Bien, vamos bien. Otro empujón y lo logramos del todo.
Tal vez incluso no sea necesario ni saber leer.
Podríamos estar delante de signos gráficos que no entendiéramos.
Daría igual, si el conjunto habla, aunque no lo haga cada palabra.
En los finales de las historias es donde deseamos dejar todo claro para que no haya dudas.
Y a veces no lo conseguimos.
Por eso nos quedan barbas en los papeles que deseamos cumplir en la vida.
Sobrantes que hacen muy feos.
Un pensar que plantando podremos jugar a ser dioses en minúsculas.
En enmarcar lo natural, para ponerlo en valor.
Lo abstracto y natural dentro de las geometrías.