Ya no hay meloneros por las calles de España. Cambiamos incluso en esa imagen celtibérica de los comercios de calle. Está ladeado el comercio, parece caerse pero se sujetan los unos a los otros. Es la propia calle la que está en pendiente. Todo lo demás se sujeta, los unos a los otros. Aunque sean esféricos.
Aquellos melones y sandías tenían garantía. Siempre salían buenos, pues el vendedor era fiel con sus clientes y entendía de dulzor, de golpes en el culo de la fruta, de olores a maduros. E incluso eran baratos.
