Es una planta suculenta, adaptada a la pared de una abadía y a su sequedad, creciendo entre grietas, y con una coloración rojiza producida probablemente por el mucho sol, la salinidad, el viento, y sin duda por el estrés hídrico.
Pasa desapercibida como todos nosotros. Ella se aferra a su piedra, intenta sobrevivir incluso en los veranos duros, sabiendo que el sol que le corresponde es solo el de las primeras horas de la mañana.
Mira a su alrededor lo que ve le gusta todavía menos que cuando se observa ella sola. Ya viene junio, y enseguida empezarán a bajar las horas de sol. Pero no el calor.
Una vez le dijeron que se llamaba Sedum, pero eso a ella le importa muy poco.
